sábado, 16 de abril de 2016

LA CIUDAD MEDIEVAL EN LA ALTA EDAD MEDIA. URBANISMO Y ARQUITECTURA


Con la recuperación económica y demográfica en España de los siglos XI y XII, ya iniciada en la última centuria, aparecieron nuevos núcleos urbanos en el territorio peninsular, y si en los ya existentes se produjo un desplazamiento, bien hacia la llanura o hacia lugares elevados, siempre estuvo relacionado con cambios de funciones administrativas o, en algunos casos, estratégicas.
Ciudad medieval amurallada
         Generalmente se asocia la imagen de una ciudad medieval con una muralla que rodea todo su recinto. Ante esta imagen típica, que ya es de la antigüedad tardía, hay que precisar, en primer lugar, que la presencia de una muralla no impedía el aumento del tamaño y de la demografía urbana, ya que alrededor de este centro neurálgico surgían nuevas aglomeraciones suburbanas. En segundo lugar, las murallas no eran exclusivas de las ciudades; muchos pueblos y monasterios también las poseían. Finalmente, la fortificación de una ciudad o villa sólo nos informa de su función defensiva; a través de la muralla nos es difícil conocer la distribución de los centros de poder o la estructura viaria.
 El urbanismo en las ciudades medievales fue muy variado, dependiendo de su origen, desarrollo posterior o emplazamiento geográfico. Aquellas que poseían un núcleo antiguo se extendieron normalmente en función de esta aglomeración inicial. Otras nacieron por la presencia y consecuente necesidad de abastecimiento o defensa de un monasterio o castillo.También se crearon ciudades de nueva planta a través de la concesión de fueros o cartas de repoblación por parte de monarcas, obispos, señores o abades. Estas ciudades normalmente respondían a una planificación lineal, con la iglesia y el castillo en los dos extremos, o concéntrica, alrededor de la iglesia, como es el caso de Sos. En el territorio peninsular la creación urbana ofrece aún mayor variabilidad que en el resto de Europa dada la presencia en las ciudades de más de una civilización: la cristiana, la musulmana y la judía.
Castillo de Sos. Alrededor del mismo se fueron
construyendo casas y el pueblo fue creciendo.
 En el área noroccidental de la Península Ibérica, la presencia y organización del camino de peregrinación a Santiago de Compostela motivaron el nacimiento y florecimiento de muchos centros urbanos. Aparte de reforzar la seguridad de los peregrinos, a través de la creación de una red asistencial tanto física como espiritual, los monarcas estuvieron interesados en controlar los puntos estratégicos del camino por razones políticas, económicas e ideológicas. Por este motivo los reyes de Navarra, Aragón, Castilla y León incentivaron el crecimiento de ciudades como Logroño o Sahún, en lugares precisos donde antes sólo existía una simple explotación agrícola o un monasterio. Ninguna de ellas siguió un plan urbanístico concreto, pero su trazado se adaptó linealmente a la vía de peregrinación. En otras villas de fundación más antigua, el camino de Santiago modificó la estructura urbana a través de la concentración de establecimientos en la zona más próxima a la ruta, como ocurrió en Estella o Lorca, ambas en Navarra.
En el marco del camino de Santiago, y gracias sobre todo a la concesión de fueros de repoblación, asistimos también al surgimiento de ciudades de nueva planta con un esquema viario regular basado en la cuadratura. Los ejemplos más relevantes son los de Puente la Reina o Sangüesa, ambos nacidos bajo la iniciativa de Alfonso I el Batallador. En estas ciudades la vía principal coincide con la ruta de peregrinación, distribuyéndose a ambos lados de la misma las parcelas rectangulares de forma perpendicular.
En otras ocasiones las concesiones o libertades otorgadas por los monarcas motivaban el resurgimiento de nuevos núcleos urbanos a través de la agrupación de diversos poblados por razones claramente defensivas, como es el caso de las ciudades de Salamanca, Segovia o Avila.
Parece ser que el aumento del número de ciudades no conllevó el nacimiento de nuevas y variadas tipologías arquitectónicas civiles. El estado de los estudios sobre la arquitectura civil románica es aún bastante precario, debido tanto al propio carácter de las construcciones, normalmente en materiales efímeros y en constante estado de renovación funcional, como al mayor interés prestado a la arquitectura religiosa. Aún así, y gracias a su carácter monumental, dentro de los servicios públicos podemos destacar la existencia de hospitales o de baños públicos.
Por mucho que insistamos en la supervivencia de la ciudad a través de la Alta Edad Media y aunque creamos profundamente que la civilización románica es una civilización de ciudades, hemos de tener en cuenta que éstas dependían económicamente del campo, y viceversa. Sínodos diocesanos, fiestas, mercados y ferias eran algunas ocasiones que conectaban el campo con la ciudad. No es de extrañar pues, que durante el románico se completara la antigua red viaria romana y se construyeran muchos puentes.
Por la situación estratégica en la que se hallan y el aparato defensivo con que contaban, hubo núcleos urbanos que se hicieron fuertes y ricos, hasta tal punto que algunos, como Sos, adquirieron la categoría de villas. Y sobre ellas se asentaron nobles, comerciantes, labradores o ganaderos que se dotaron de palacios, casas solariegas y viviendas (con fachadas de sillería o mampostería, portadas adoveladas, rejas, balconadas torneadas, galerías de arquillos, aleros de madera…) que sirvieron de modelo a otras casas más sencillas donde se acomodaron el resto de la población. Fueron creándose así núcleos de un cierto refinamiento urbano.
Interior de una fortaleza medieval del siglo XI,
donde las viviendas todavía son de madera y paja
Ante el creciente poder de la nobleza, los monarcas intentaron ejercer un férreo control sobre la construcción de nuevos castillos, torres, amurallamientos y residencias fortificadas, de tal modo que no se podían edificar sin expreso permiso del rey. Varios documentos sobre esta cuestión así lo atestiguan, aunque en ocasiones el monarca cedía a las presiones de los nobles, como le ocurrió a Jaime I en 1257 ante la petición de Domingo Pérez, señor de Fillera, para fortificar su casa. Sin embargo el noble levantó una torre, cuyos restos todavía pueden verse sobre el peñasco en el que se alzó, al oeste de Urriés, y siete años más tarde se concedió permiso a Ximeno de Artieda, que residía en Urriés, para hacer lo mismo con su vivienda[1].
En el marco de la residencia privada hemos de decir nuevamente que hasta bien entrado el siglo XI buena parte de las viviendas eran aún realizadas con materiales efímeros, madera, paja, o cañas, a pesar de que en Barcelona ya se conocen casas con pisos a finales del siglo X.






[1] Establés Elduque, José María. “Castillos góticos en Aragón”, en Actas de las II jornadas de castellología aragonesa: fortificaciones del siglo IX al XX, p. 115. A.R.C.A. Zaragoza, 2006.






BIBLIOGRAFÍA

-BARRAL I ALTET, XAVIER. “La España del románico: la arquitectura". Historia del Arte Español, vol. IV: La época de los monasterios, pp.17-44. Planeta. Barcelona, 1995.
-CABAÑERO SUBIZA, BERNABÉ. Los orígenes de la arquitectura medieval de las Cinco Villas (891-1105): entre la tradición y la renovación. Cuadernos de las Cinco Villas, 3. I.F.C., C.E.C.V. Ejea de los Caballeros (Zaragoza) 1988.
-ESTABLÉS ELDUQUE, JOSÉ MARÍA. “Castillos góticos en Aragón”, en  Actas de las II jornadas de castellología aragonesa: fortificaciones del siglo IX al XX. A.R.C.A. Zaragoza, 2006.
-LACARRA, JOSÉ MARÍA. El desarrollo urbano de las ciudades de Navarra y Aragón en la Edad Media. D.G.A. Dpto. de Cultura y Educación. Zaragoza, 1991.
-PIEDRAFITA PÉREZ, ELENA. Las Cinco Villas en la Edad Media (siglos XI al XIII) I.F.C., D.P.Z. Zaragoza, 2005.